Patronato de Protección a la Mujer (1945–1985). El entierro de la memoria de las mujeres invisibles

Patronato de Protección a la MujerDesde siempre he sabido que la memoria de las mujeres vale menos, pero, además, si esa memoria es la de las mujeres de la clase obrera y campesina, no vale nada. Se tapa de forma morbosa, solo se centra la investigación en los expedientes de las mujeres y, por si fuera poco, cuanto más cruentos sean estos, mejor.

Me duele ver cómo se pasa de largo la aberración jurídica que facultaba al Patronato a internar a mujeres de 16 a 25 años sin una orden judicial, con la simple decisión de las juntas provinciales y locales del patronato, dejando que pudiera actuar, o no la justicia ordinaria. (BOE 22 de diciembre de 1952)

Tampoco se da importancia a la red de espionaje que se montó alrededor de este patronato, ni al papel que jugaron las juntas provinciales y locales, a quiénes las componía y quiénes eran sus presidentes. A nivel nacional, el fiscal general del Estado y, a nivel local, los fiscales provinciales, que autorizaban detenciones y retenciones sin acusación alguna y sin juicio, tan solo por el hecho de ser mujeres.

Lo peor de todo es que tampoco se habla de la ideología que más influyó en el trato a las mujeres, solo hablan de que todo era precario, no profundizan en la ideología que les inspiraba, no solo adoctrinamiento, antes te destruían como mujer, como ser humano y, si encima eras adolescente y madre soltera, eras doblemente destruida; en realidad era un GENOCIDIO DE GÉNERO diseñado para las mujeres más vulnerables.

Nadie se ha planteado quiénes eran estos hombres, ni su verdadera ideología, el odio a las mujeres. El más influyente de ellos, José María Pemán, mediocre poeta y escritor, fue presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza durante la Guerra Civil y uno de los mayores ideólogos del Nacionalcatolicismo, además de un misógino confeso que odiaba el feminismo y pensaba que las mujeres no podían tener tendencia a la intelectualización; su rol era más sencillo: el hogar para las de cierta clase social y parir hijos para las de la clase trabajadora y las campesinas, pero nunca ser autónomas ni tener sentimientos. Pemán no estuvo solo en la cruzada contra las mujeres; hubo muchos más nombres, entre los que destacan el psiquiatra Vallejo Nágera y el ginecólogo José Botella Llusiá.

El brazo ejecutor de todo este sistema fueron las monjas, que se revelaron como verdaderas misóginas dispuestas a acabar con cualquier atisbo de compasión hacia nosotras. Su ejecución era militar: era un régimen talibán; cuando una mujer llegaba allí era despojada de todo derecho humano, se acabó la salud, la educación, la alimentación decente; daba igual que estuvieras embarazada o criando, te aislaban totalmente de tu familia y ejercían un control total de tu correspondencia, recordándote que estabas sola y que no importabas a nadie, torturándote física y psicológicamente con tareas tan absurdas como obligarte a hacer la cama hasta cincuenta veces, hasta que esta quedara como la caja de un muerto. La formación como mujer y madre consistía en fregar de rodillas con estropajo y jabón pasillos larguísimos y salas. Sufrías llamadas de atención delante de todas las compañeras para que su coro de chivatas te acosase; ya que, si no eras una chivata, significaba que eras una rebelde, te hacían sentir en todo momento que ya no eras nada sin su control.

No les importaba que tuvieras problemas médicos durante el embarazo, ni que algunas internas engordaran 20 o 30 kilos, ni los problemas a la hora de dar a luz; ya que, como éramos solo animales, utilizaban los fórceps y en paz, o se sentaban en tu tripa después de 72 horas de parto, mientras te humillaban con vejaciones e insultos. Esa fue mi experiencia al dar a luz; en esas horas de parto no dejaron que mi hermana me viera, soledad absoluta; no debíamos tener estímulos afectivos, y menos familiares, en ese momento. Había que purgar nuestra maternidad culpable e ilegítima. ¿Saben lo que significa eso para una adolescente? Quebraron mi vida de madre para siempre y sufrí doble destrucción, como mujer y como madre.

Los bebés no importaban, eran como las brutas de sus madres; ellas no sabían querer a sus bebés y, si salían defectuosos, mala suerte. Si alguna madre no quería dar de mamar, las dejaban hasta tener una mastitis; entonces el médico implacable les hacía profundas cicatrices para que nunca olvidaran que no eran nadie. Te vendían a hombres como mi padre vendía sus terneros en el mercado de ganado los jueves; aquí era una venta sagrada, ya que se realizaba en la misa dominical, cuando la iglesia estaba llena en su mayoría de hombres, nos hacían entrar por la puerta trasera para que desfiláramos por el centro y los machos pudieran elegir, como los depredadores eligen a sus presas, todo bendecido por su dios (no por la diosa particular que solo habita en mi corazón). Cada matrimonio que conseguía con estás prácticas deplorables les reportaba 42.000 pesetas; éramos unos activos muy productivos que además de lo mencionado, también sufríamos explotación laboral. Durante mi estancia era El Corte Inglés su principal cliente, pero hubo muchas más empresas involucradas durante años.

¿Cómo afectó este genocidio a las supervivientes? ¿Cómo afectó a su salud mental y física y a su relación con los hijos que tuvieron allí? ¿Cómo lograron reinventarse? ¿Lograron olvidar todo aquello alguna vez?

Puedo hablar de cómo entré solita en ese infierno y de cómo salir, fue otra cosa distinta. Mi familia no recibía noticias, mis cartas no llegaban y la junta del patronato en León daba largas a mi madre. Mi hermana viajó a Madrid y consiguió verme durante unos veinte minutos; cuando regresó a León le dijo a mi madre que, si no me sacaban de allí, iba a morir y que no quedaba nada de la María que fui. Mi madre comprendió que aquel lugar me estaba destruyendo y comenzó los trámites para reclamar mi tutela ante la junta provincial, que una vez más le dio largas. Entre trámite y trámite, también consiguió que una amiga de mis padres me visitara el último domingo de cada mes, que era el día de visita de mi galería, para que me llevara algo de fruta y otros alimentos.

No solo mi familia se preocupó por mí; una amiga que vivía en Ginebra me escribía todas las semanas y, como no recibía respuesta, comenzó a hacer reclamaciones en la embajada de España hasta que me entregaron sus cartas. También vino una vez una amiga de mi pueblo que pasaba unos días en Madrid, pero le dijeron que estaba castigada sin visitas por mi comportamiento; ella se enfrentó a la directora y consiguió verme. También una tía abuela, madre superiora de un convento de clausura, que presentó quejas al obispo porque sabía que no me entregaban sus cartas, consiguió que me las entregaran. El motivo de este castigo se debió a que, en una de las pocas salidas que nos permitieron, había ido con dos amigas de Peña Grande a bailar; nos encantaba bailar, pero una chivata nos vio y al día siguiente la directora me llamó para decirme: «Tú, ¿quién te crees que eres? No te casas, nos has obligado a que en tu libro de filiación ponga el nombre del padre del niño, sales y vas a bailar… Tu madre no te quiere, aunque creas que sí; ahora mismo vas a saber cuál es tu sitio». Acto seguido me trasladaron a una habitación en los bajos, una habitación oscura y húmeda, con moho en las paredes, con cuatro cunas y otras tantas camas, que hacía imposible secar la ropa de los bebés allí.

El proceso de retorno duró nueve meses y, cuando por fin regresé a León, mi hijo ya tenía seis meses. Tras pasar por aquel infierno, sufrí terrores nocturnos durante años y hemorragias graves por daños en los ovarios.

Conmigo fracasaron en dos de sus fines: el del matrimonio y el de volver a parir, dos cosas que me juré que jamás haría.

Como mujer, mi libertad ha estado por encima de todo; como madre, recuerdo el día que nació y lo primero que pensé: ¿cómo te afectará ser hijo de madre soltera y nacer en este infierno? Me gustaba darle de mamar a solas, porque así podía contarle todas mis penas, aquella angustia que me mataba, pero él me miraba y se sonreía, como si me comprendiera; eso creó una unión entre ambos indestructible y, a pesar de los avatares de la vida, siempre ha sabido dónde nació y se siente orgulloso de su madre.

Aquella etapa de mi vida condicionó totalmente el resto de la misma en todos los aspectos, desde lo profesional hasta mi salud mental y emocional, y de eso se han aprovechado también muchas personas a lo largo de mi vida.

Yo logré salir principalmente gracias a mi madre; ella fue mi salvación, como mujer y como madre siempre me apoyó en mis dos obsesiones: que mi hijo se sintiera orgulloso de su madre soltera y que la Asociación Isadora Duncan (ahora fundación) creara el primer recurso laico de España para madres solteras, para que sus vidas tuvieran dignidad y las mujeres tuvieran la oportunidad de formar familias autónomas, con los mismos derechos y deberes que las demás.

Durante cuarenta años no tuve casi vida, por mi obsesión por acabar con nuestra imagen de pobreza y exclusión social. Acabé demostrando que éramos más que eso, exigiendo justicia social y dignidad, creando herramientas para ayudarnos a ser independientes.

A día de hoy sigo sufriendo ataques de ansiedad durante días que me superan, histeria y otros problemas.

Siempre sentí que no servía y no fue hasta hacerme vieja cuando comencé a valorarme realmente. He tenido que sobrevivir a un cáncer para darme cuenta de que he sido una mujer valiente toda mi vida. Siempre me sentí impostora; era como si haber vivido esa experiencia me hubiera anulado para todo, haciéndome sentir que no era buena en nada.

Hacer este escrito me ha costado mucho emocionalmente, ya que mi memoria fotográfica ha funcionado y me ha trasladado a esa etapa de mi vida, dolorosa y destructiva todavía.

Esta es mi manera silenciosa de denunciar el blanqueamiento que se está haciendo hoy en día sobre lo que fue realmente este patronato y, sobre todo, porque mi historia se está tergiversando: me la encuentro en libros que, sin avisarme, hablan de mis vivencias diciendo mentiras; también me nombran en artículos sin pedir mi opinión y hacen estudios en los que no me han comunicado que soy trabajo de campo.

Esto me ha recordado una entrevista que leí en la BBC a la prostituta activista Karina Núñez, y lo que más me llamó la atención fue esta reflexión: «En realidad, ¿sabes por qué lucho? Porque si no lo hago, alguien más lo hará. Pero no basándose en mis necesidades, sino en las suyas. Pero no con mis perspectivas, sino con las suyas. Pero no por mi dignidad, sino por sus privilegios», se responde a sí misma.

En mi nombre no quiero que se entierre este genocidio de género clasista

María García (Presidenta de la Fundación de Familias Monoparentales Isadora Duncan)